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Ariel Torres entrevistado por el foro Movistar

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  1. #41
    Avatar de mcrisever NIVEL 88: Troll Hunter
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    quisiera leerlo pero es demasiado para mi...
    deberías tomar un tiempo de buena lectura

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  2. #42
    Avatar de Yoteviultimo NIVEL 62: Lord WiFi
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    deberías tomar un tiempo de buena lectura

    No puedo es algo que me mata...

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  3. #43
    Avatar de mcrisever NIVEL 88: Troll Hunter
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    La mano que maneja el lápiz controla el mundo

    abía pasado todo el día sin ver las noticias, y uno tampoco es de fierro. Así que a la noche puse la tele. Me enteré, de esta suerte, de un dato dado a conocer el 25 del mes último por el diario inglés The Guardian: Sally Payne, terapeuta en jefe de pediatría ocupacional de la Fundación Heart of England, ha descubierto que los chicos están empezando a encontrar dificultades para sostener correctamente un lápiz, que llegan a la escuela sin el desarrollo muscular adecuado para esta tarea. ¿Quién es la culpable, según el artículo? Por supuesto, la tecnología.

    Estamos acostumbrados a esta clase de razonamientos que, aparte de sonar políticamente correctos, están viciados por varias falacias. Sin entrar en detalles, el planteo equivale a echarle la culpa de los accidentes aéreos a la gravedad. A propósito, ¿cómo llegaban los chicos hace 50 años con ese desarrollo muscular, si nunca habían escrito? ¿Porque los chicos suelen dibujar mucho? ¿Todos los chicos dibujan? ¿Seguro? ¿Y hoy? ¿Ya no dibujan?

    No, la culpa no es de la tecnología. Ni tampoco es algo de los chicos. Mis alumnos en la universidad producen, en su inmensa mayoría, caligrafías propias de un niño de 7 u 8 años (de hace medio siglo). En no pocos casos, no usan cursivas. Mayúsculas sin filtro, como si fueran teletipos. Y hay textos que, por mucho esfuerzo que pongo, soy incapaz de decodificar.

    Fantástico. Ahora, ¿cuándo fue la última vez que usamos un bolígrafo, un lápiz o una pluma estilográfica? En caso de que lo recuerden, ¿con qué frecuencia? ¿Una vez a la semana? ¿Al mes? ¿Para cuántas palabras? ¿Cinco, diez?

    Caramba, resulta que no sólo los chicos y los alumnos de las universidades exhiben dificultades para tomar un lápiz o escribir con alguna elegancia, sino que muchos de nosotros, los que se supone que no teníamos ese problema, incluso aquellos que escribimos a diario miles de caracteres, encontramos eso del puño y letra algo -¿cómo decirlo?- inusual, a lo que nos hemos ido desacostumbrando. Una noticia super inesperada, ¿no?

    Escribimos más, pero...

    El problema de estos razonamientos desviados -Payne es mucho más cuidadosa en sus dichos, hay que reconocerle eso-, expeditivos y fáciles de digerir, es que enmascaran el verdadero dilema.

    Empecemos por los hechos. Escribimos mucho más que hace 30 años; mails, WhatsApp, Facebook, comentarios, toneladas de tweets. Pero casi nunca escribimos a mano. Dicho más simple: rasgarse las vestiduras porque los chicos, los jóvenes e incluso los adultos encontramos dificultades para escribir de puño y letra es como indignarse porque ninguno de nosotros podría acertarle a un ciervo a 50 metros de distancia con un arco y flecha del Paleolítico.

    Pero no es lo mismo

    La causa de que los chicos (y los no tan chicos) encuentren dificultades para escribir a mano es obvia. No usan lápiz y papel para sus textos. Y no los usan porque nadie los usa. Tampoco la ven a mamá o a papá escribiendo a mano durante horas. En su mundo, los lápices son tan raros como el arco y flecha en el nuestro. Puede que dibujen cuando son pequeños y, por supuesto, hacen sus primeros palotes. Pero lo manuscrito ha dejado de ser la tecnología dominante.


    Existe, sin embargo, una diferencia entre el lápiz y el arco y la flecha. Porque, ¿qué es escribir a mano? ¿Acaso no es lo mismo que hacerlo con un teclado, sólo que más lento y engorroso? Bueno, ese es el asunto, y la respuesta es sí y no.

    A los 13 años empecé a llevar un diario personal. En aquella época no teníamos procesadores de texto, así que usé la tecnología disponible, cuadernos y bolígrafos. Supongo que es bastante lógico que un chico que iba a convertirse en periodista decida llevar un diario, pero la verdad es que me puse con eso porque me gustaba escribir y porque en los '70 quedaba muy bien llevar un diario. Era cool.

    La cuestión es que dedicaba una o dos horas por día a escribir a mano, y muy pronto me encontré cara a cara con uno de los obstáculos más obstinados con los que chocan los escritores nóveles. Había una distancia aparentemente insalvable entre lo que tenía en la cabeza (o en el corazón) y lo que quedaba finalmente escrito. Luché contra esa dificultad a brazo partido, literalmente.

    Me encantan los emoticones y los emojis, ya lo saben, pero de no haberme visto forzado a buscar las palabras correctas, la estructura adecuada, a diseñar cada párrafo en función del resto del texto, todavía estaría empantanado en esa arena movediza que es al principio la escritura.

    Ahora, ¿no podría haber escrito todo ese texto a máquina? Tal vez, aunque probablemente me habría aburrido o no podría haber escrito tarde a la noche, como solía hacerlo. Hay algo más, que solemos olvidar: a nuestra especie le da placer hacer cosas a mano. Es un asunto de supervivencia. Los objetos fabricados en serie aparecen en los últimos milisegundos de nuestra historia.

    Casi medio siglo después, sigo llevando ese diario y sigo haciéndolo a mano. No sólo porque me da placer, no sólo porque escribir es algo del cuerpo, sino porque no hay Ctrl-Z, porque no hay posibilidad de editar y porque, lo confieso, confío más en el papel que en los bits. En otras palabras, el drama de que los chicos (y los no tan chicos) sean incapaces de sostener correctamente un lápiz está menos en los músculos que en la mente.

    La vida, los desafíos, las relaciones y las horas son un fenómeno secuencial que no permite enmiendas. El asunto no es que no puedan usar un lápiz, sino que no puedan usar sus mentes fuera del corralito digital. El texto online tiene características interesantísimas y, a mi juicio, está perfecto así como está: telegráfico, con emoticones y frecuentemente agramatical . El problema es que el otro texto, el complejo, sigue teniendo vigencia. Escribir es una forma de pensar.

    Si eso no fuera así, entonces no hay noticia. Los chicos encuentran dificultades para escribir a mano de la misma manera que se verían en figurillas para diferenciar entre los hongos comestibles y los tóxicos. En tal caso, olvidémonos de enseñarles a usar el lápiz.

    Los primeros palotes

    En serio, ¿por qué no dejamos de hacerlo? Más aún: ¿por qué insistimos tanto con que los chicos tienen que leer libros?

    Entre el lápiz y la universidad parece haber un abismo, pero es al revés. Los une un vínculo invisible, pero por ahora inquebrantable. Conozco una mamá que le dedica un tiempo cada semana a que sus pequeños lean. Cuando me enteré me pareció admirable. Aunque los chiquitos no lo saben, con esa actividad está preparando sus mentes para el día en que necesiten aprender algo en serio, cuando tengan que incorporar una trama complejísima de conceptos abstractos de forma profesional. Profesional significa que conocés algo hasta la médula, que no guarda secretos para vos, que no tocás de oído. Ese tipo de conocimientos sólo puede surgir de maestros, lectura y práctica. Ninguno de estos tres pilares puede faltar. Creo que estamos en un momento disruptivo también para el aprendizaje, pero el valor del texto, los buenos maestros y la práctica siguen siendo críticos.

    Hay excepciones, por cierto, como es el caso del zazén, pero incluso en el dojo se suelen leer los sutras. Todo eso que conocemos como multimedia ayuda, claro. Pero no existe modo alguno de transmitir información abstracta con un grado de detalle tan fino como el texto.

    Déficit peligroso


    Pero una cosa es leer y otra escribir. ¿Para qué sirve realmente que los chicos aprendan a escribir a mano? En realidad, en la pregunta se esconde una inversión de términos. A alguien que es capaz de escribir un texto más o menos organizado le da lo mismo hacerlo con el teclado o con una pluma de ganso. Si los chicos llegan sin las destrezas para sostener un lápiz, pero sus maestros les enseñan a construir textos extensos y profundos en la notebook, está todo bien.

    Claro que la escritura tiene mucho de memoria corporal, como bailar o poner los cambios del coche. Al final es una cuestión de tiempo y economía: se aprende a escribir más rápido y fácil usando las manos que un dispositivo en el que todas las letras se producen igual, apretando una tecla o tocando la pantalla. Insisto, la escritura es algo del cuerpo.

    Así que el lápiz, ese humilde y aparentemente obsoleto dispositivo del pasado remoto, es un vehículo único, extraordinario, todavía irreemplazable para conectar nuestro cuerpo con la letra. El resto es cuestión de práctica (con lápices o teclados), y en ese sentido tenemos un severo déficit. Pero le seguimos echando la culpa a la tecnología.


    Por: Ariel Torres

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  4. #44
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  9. #49
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    Estos días International Data Corp (IDC) dio a conocer que las tablets han cumplido 13 trimestres de declive. El dispositivo mágico de 2010, el que estaba destinado a borrar del mapa a las computadoras, no logró ni una pizca de la relevancia de las PC. Dato no menos significativo, las que siguen creciendo son las máquinas híbridas, es decir, las tablets que vienen con un teclado que se puede desconectar. Pero hay más.

    En octubre último Huawei se sumó a Samsung en una movida que parece novedosa, pero que en el fondo es obvia. Los nuevos modelos de smartphones de estas dos compañías pueden convertirse en computadoras personales. La primera razón por la que pueden ofrecer esta opción es, lógicamente, que los teléfonos inteligentes ya son computadoras. Quiero decir, si le conectás un teclado, una pantalla y un mouse a una multijuguera no la convertís en una notebook.

    Pero esto es lo menos relevante. Las computadoras se han achicado y las llevamos en el bolsillo. Vaya noticia. Hace 30 años pesaban dos toneladas y eran menos potentes que una PlayStation. Sí, es la historia de esta industria. Bienvenidos a la miniaturización.

    Excelente nota de @ArielTorres

    Nota completa

    http://www.lanacion.com.ar/2108018-a...-a-desaparecer
    Cita Iniciado por mcrisever Ver mensaje
    Por qué caminamos erguidos? ¿Por qué podemos oponer todos los dedos de nuestras manos a los pulgares? ¿Por qué nuestros ojos ven detalles mucho más finos que los de la mayoría de los mamíferos? ¿Por qué tenemos los ojos en el frente de la cara? ¿Qué tal si hacemos el ejercicio de observarnos como si fuéramos -no el resultado de la evolución, sino- robots diseñados para una cierta tarea?

    La serie de preguntas del párrafo anterior me vinieron a la cabeza cuando me di cuenta de que tal vez no estamos enfocando correctamente el desafío que significa la llegada masiva de robots e inteligencia artificial al ámbito laboral.

    Tendemos a pensar que los robots (y, en un escenario de mayor alcance, la inteligencia artificial) van a dejarnos sin empleo. En mi opinión, y lo he dicho otras veces, sí, tenemos en puerta una crisis laboral sin precedente, mucho más profunda y disruptiva que la Revolución Industrial. No sólo porque la naturaleza del trabajo ha cambiado -evolucionado sería políticamente más correcto, pero no es así, como se verá enseguida-, sino porque la miniaturización nos ha permitido poner inteligencia artificial en aparatos relativamente pequeños. Autos, por ejemplo.

    Además, como bien dice Kevin Kelly en este excepcional artículo publicado el año pasado por Wired, la inteligencia no tiene una sola dimensión, no es una línea, así que antes de anticipar una IA sobrehumana, como han hecho Ray Kurzweill, Ellon Musk y otros, primero habría que ver de qué hablamos cuando empleamos la palabra inteligencia. Pero de momento tengo otro interrogante.

    ¿Qué es trabajar?

    Los robots, como fenómeno laboral, ya están aquí. El pronóstico no es bueno, si la dirigencia no se pone al día con asuntos que son a la vez complejos y políticamente muy inconvenientes. Es más fácil echar mano del prejuicio y el slogan: los robots nos van a dejar sin trabajo, son los malos de la película.

    Disiento. Como dije hace algún tiempo en un debate televisivo, quizá no es que los robots se van a quedar con nuestros trabajos, sino que nosotros nos acostumbramos a hacer trabajos de robots.

    El desafío es, pues, doble. Primero, porque en el imaginario humano el trabajo incluye un montón de cosas que nadie tiene ganas de hacer. ¿Por qué otro motivo los lunes son tan insoportables? Es viernes y el cuerpo lo sabe. ¿Por qué?

    Estoy persuadido de que los primeros sapiens habrían preferido mandar un robotito a cazar y recolectar, pero como no lo tenían, y como la naturaleza nos había preparado para caminar y correr durante horas, incorporamos el esfuerzo físico (sabiamente premiado por la evolución con altas dosis de endorfinas) como el paradigma de ganarse el sustento. Ese paradigma se alteró muchas veces, pero ahora está a punto de girar 180 grados, y tengo la impresión de que no nos estamos preparando para eso.

    El segundo desafío es que, en la práctica, en el mundo real, siempre nos hemos ganado la vida haciendo un esfuerzo. No importa si te gusta lo que hacés o no. Salvo excepciones, ninguna forma de vida puede simplemente tirarse panza arriba y prosperar. Trabajar está en nuestro genoma. No lo valoramos solamente porque hay que pagar las cuentas. Emplear nuestro tiempo en algo que entendemos como útil es un rasgo genético fundamental.

    La cuestión es: ¿a qué llamamos trabajar? Hace 10.000 años, antes de la agricultura, el mejor asalariado era el que podía correr y caminar por más tiempo; en realildad, era más complicado, porque la economía era completamente diferente. Pero el hecho es que hoy alcanza con llamar al delivery. En el medio, eso que llamamos trabajo cambió brutalmente y muchas veces. Desde el arado hasta la Revolución Industrial, y de ahí a la Revolución Digital.

    Los robots son mejores que nosotros, y desde hace décadas, en una cantidad de trabajos que requieren fuerza, precisión y resistencia. Ahora, además, pesan lo mismo que una persona. O menos. Y son capaces de adoptar mil formas. En otras palabras, sus diseñadores pueden darse el lujo de optar por las fisonomías, formas de locomoción, sensores y herramientas que más convengan a la meta de sus autómatas. Los robots humanoides andando por la calle a la par de las personas que se ven en muchas películas de ciencia ficción son bastante menos plausibles que R2-D2. Los robots del futuro se parecerán más al Dolphin y Roomba que a Ash o Data.

    Materia gris

    Así que la llegada de los autómatas inteligentes es probablemente otro terremoto en la larga cadena de cataclismos laborales que ha experimentado la humanidad. Pero hay un pero.

    Hemos sido beneficiados con algo más que la capacidad de correr y manipular objetos. Nuestros cerebros poseen 100.000 millones de neuronas que se conectan por medio de unas 150 billones (150.000.000.000.000) de sinapsis. Por motivos que todavía no hemos descubierto, esta colosal estructura da origen a un fenómeno multidimensional al que llamamos inteligencia y a algo todavía más misterioso, la consciencia, que la propia inteligencia todavía no ha sido capaz de definir de forma completa. Las máquinas están lejos de poder emular esta extraordinaria combinación. Alpha Go puede haber ganado la partida , pero ni sabe que ganó ni tenía ganas de ganar, y tampoco sabría qué hacer si una niña de 5 años le pregunta qué le pasó al perrito de la familia, que murió la semana pasada. En nuestra nota de esta semana se habla de chatbots sorprendentes. Están muy bien para la atención al público en una pizzería o una empresa de seguros, ¿pero los pondríamos en una línea de asistencia al suicida?

    O sea, tal vez sea hora de apostar más al cerebro y menos al músculo (más sobre esto enseguida, porque hay en esta primera aproximación cierta falacia oculta).

    ¿Damos una vuelta?


    En este punto, se me ocurre, hay un gran embrollo de mitos y verdades a medias. Por ejemplo, nos obsesionamos anticipando los empleos que podrían quedar en manos de robots. En mi opinión, coches y camiones autónomos son una apuesta segura. Pero, ¿es realmente así? ¿Es realmente así cuándo? ¿Este año? ¿Este lustro? ¿Este siglo? Los investigadores están descubriendo que es extremadamente difícil manejar sobre el terreno, en calles mal señalizadas o señalizadas según 150 estándares diferentes, con docenas de imprevistos por minuto y, lo que no es menor, con muchos humanos al volante.

    Ahora bien, el transporte es un problema muy antiguo. Fue una de las primeras cosas que resolvimos, al inventar la rueda. Desde entonces, la civilización se ha vuelto tan compleja que los primeros humanos no podrían siquiera empezar a comprenderla. Esto no sólo originó nuevas tareas (ya no alcanzaba con cazar, recolectar e intentar no matarte a golpes con tu vecino en el primer conflicto), sino que causó nuevos problemas. Somos una especie que contamina catastróficamente, por ejemplo.

    Pero también hemos salido al espacio, con naves y también con la mente. Y fuimos al interior de la materia. Hay ahí desafíos y un vasto campo de exploración. Hacemos arte. Hacemos ciencia. Y, con todo, vamos hacia una crisis de superpoblación en un escenario de clima extremo en el que el agua potable será un bien de valor incalculable; ya lo es, en muchas regiones del mundo y de nuestro país.

    La idea de que la inteligencia artificial nos va a proporcionar soluciones para todos esos problemas, como sostienen algunos analistas, tiene mucho de pensamiento mágico. En su artículo, Kelly es muy agudo al señalar que a la ciencia no le alcanza con observar y pensar rápido. Se pueden sacar algunas conclusiones mirando una planta, pero no vas a descubrir así el mecanismo de la clorofila. Se requiere, además, muchísima imaginación para ser un científico. Mucha más de lo que se cree. Y hace falta experimentación.

    Es decir, el robot científico es improbable. No imposible, pero sí improbable, al menos en el mediano plazo. Más o menos como el robot escritor. Su prosa podría tener una técnica sublime, pero hasta que no le proporcionemos una consciencia y un espíritu, sonará como esos pianistas de un virtuosismo sorprendente, pero hueco. Algo falta. No sabemos qué, pero algo falta.

    El problema del siglo

    Pero volvamos un momento para atrás. Además de correr detrás de nuestras presas hasta ganarles por cansancio, además de enterrar a nuestros muertos y expresarnos verbalmente, ¿qué otra cosa hicimos tan pero tan bien que llegamos hasta acá?

    Exacto: somos buenos resolviendo problemas. Los teníamos hace 200.000 años. Los tenemos hoy. Los robots podrán darnos una gran mano. La inteligencia artificial aportará su capacidad de pensar a velocidades con las que nuestros cerebros orgánicos jamás podrían soñar. Pero deberíamos dejar de pensar que el taxista sólo maneja un auto. Esta es la falacia a la que me refería arriba. En realidad resuelve en milésimas de segundo problemas de enorme complejidad sobre los que no tenía ninguna información previa y que tampoco se esperaba; todo, mientras habla de política y economía. Pues bien, podría aplicar esta destreza en algo mucho más importante que manejar un coche; ahí, se me ocurre, hay una clave.

    El guardia de seguridad, uno de los empleos que ya están siendo reemplazados por máquinas, no está ahí parado sin hacer otra cosa que disuadir. Analiza y pone en contexto decenas de miles de pequeñas fotos que su mente va recolectando cada día, hasta detectar que algo no está bien. Cada foto es diferente de la anterior, y hace esto seis días por semana, tal vez en escenarios diversos. Es una tarea aburrida, pero la intuición del guardia no puede reemplazarse aun por una mente sintética. Esa intuición vale oro.

    Porque seguimos creyendo que todo se puede resolver por medio de la fuerza bruta (otro atavismo fósil) caemos en el error de pensar que el taxista o el guardia de seguridad hacen trabajos que se pueden hacer por medio de la fuerza bruta del cómputo. Es así, pero esta verdad esconde un sofisma.

    En mi opinión, hemos invertido el esquema. Nos atribuimos, porque no nos quedaba más remedio, el trabajo que una máquina podría hacer mejor y más rápido, y así nos fuimos olvidando de que no somos máquinas. Somos mucho más. El que un robot pueda hacer el trabajo de un guardia no significa que el guardia sólo pueda hacer el trabajo de un robot.

    El desafío, no obstante, es uno de los más complejos que ha enfrentando la humanidad. Porque ya no somos una tribu de 150 cazadores-recolectores que debe reconvertirse para sembrar, cosechar y criar cabras, al tiempo que enfrentan una explosión demográfica inédita, nuevas enfermedades y los primeros conflictos comerciales. Hoy el escenario es descomunal. Pronto seremos 8000 millones de seres humanos que tenemos que empezar a vernos, sentirnos, considerarnos y educarnos como pensadores. No como robots.

    No sé cómo lo vamos a hacer, sinceramente. Y es obvio que no ocurrirá de forma homogénea y simultánea. Creo que hay tiempo, pero sólo si nos ponemos a trabajar ya. Trabajar, nada menos.

    Por: @ArielTorres
    Cita Iniciado por mcrisever Ver mensaje
    abía pasado todo el día sin ver las noticias, y uno tampoco es de fierro. Así que a la noche puse la tele. Me enteré, de esta suerte, de un dato dado a conocer el 25 del mes último por el diario inglés The Guardian: Sally Payne, terapeuta en jefe de pediatría ocupacional de la Fundación Heart of England, ha descubierto que los chicos están empezando a encontrar dificultades para sostener correctamente un lápiz, que llegan a la escuela sin el desarrollo muscular adecuado para esta tarea. ¿Quién es la culpable, según el artículo? Por supuesto, la tecnología.

    Estamos acostumbrados a esta clase de razonamientos que, aparte de sonar políticamente correctos, están viciados por varias falacias. Sin entrar en detalles, el planteo equivale a echarle la culpa de los accidentes aéreos a la gravedad. A propósito, ¿cómo llegaban los chicos hace 50 años con ese desarrollo muscular, si nunca habían escrito? ¿Porque los chicos suelen dibujar mucho? ¿Todos los chicos dibujan? ¿Seguro? ¿Y hoy? ¿Ya no dibujan?

    No, la culpa no es de la tecnología. Ni tampoco es algo de los chicos. Mis alumnos en la universidad producen, en su inmensa mayoría, caligrafías propias de un niño de 7 u 8 años (de hace medio siglo). En no pocos casos, no usan cursivas. Mayúsculas sin filtro, como si fueran teletipos. Y hay textos que, por mucho esfuerzo que pongo, soy incapaz de decodificar.

    Fantástico. Ahora, ¿cuándo fue la última vez que usamos un bolígrafo, un lápiz o una pluma estilográfica? En caso de que lo recuerden, ¿con qué frecuencia? ¿Una vez a la semana? ¿Al mes? ¿Para cuántas palabras? ¿Cinco, diez?

    Caramba, resulta que no sólo los chicos y los alumnos de las universidades exhiben dificultades para tomar un lápiz o escribir con alguna elegancia, sino que muchos de nosotros, los que se supone que no teníamos ese problema, incluso aquellos que escribimos a diario miles de caracteres, encontramos eso del puño y letra algo -¿cómo decirlo?- inusual, a lo que nos hemos ido desacostumbrando. Una noticia super inesperada, ¿no?

    Escribimos más, pero...

    El problema de estos razonamientos desviados -Payne es mucho más cuidadosa en sus dichos, hay que reconocerle eso-, expeditivos y fáciles de digerir, es que enmascaran el verdadero dilema.

    Empecemos por los hechos. Escribimos mucho más que hace 30 años; mails, WhatsApp, Facebook, comentarios, toneladas de tweets. Pero casi nunca escribimos a mano. Dicho más simple: rasgarse las vestiduras porque los chicos, los jóvenes e incluso los adultos encontramos dificultades para escribir de puño y letra es como indignarse porque ninguno de nosotros podría acertarle a un ciervo a 50 metros de distancia con un arco y flecha del Paleolítico.

    Pero no es lo mismo

    La causa de que los chicos (y los no tan chicos) encuentren dificultades para escribir a mano es obvia. No usan lápiz y papel para sus textos. Y no los usan porque nadie los usa. Tampoco la ven a mamá o a papá escribiendo a mano durante horas. En su mundo, los lápices son tan raros como el arco y flecha en el nuestro. Puede que dibujen cuando son pequeños y, por supuesto, hacen sus primeros palotes. Pero lo manuscrito ha dejado de ser la tecnología dominante.


    Existe, sin embargo, una diferencia entre el lápiz y el arco y la flecha. Porque, ¿qué es escribir a mano? ¿Acaso no es lo mismo que hacerlo con un teclado, sólo que más lento y engorroso? Bueno, ese es el asunto, y la respuesta es sí y no.

    A los 13 años empecé a llevar un diario personal. En aquella época no teníamos procesadores de texto, así que usé la tecnología disponible, cuadernos y bolígrafos. Supongo que es bastante lógico que un chico que iba a convertirse en periodista decida llevar un diario, pero la verdad es que me puse con eso porque me gustaba escribir y porque en los '70 quedaba muy bien llevar un diario. Era cool.

    La cuestión es que dedicaba una o dos horas por día a escribir a mano, y muy pronto me encontré cara a cara con uno de los obstáculos más obstinados con los que chocan los escritores nóveles. Había una distancia aparentemente insalvable entre lo que tenía en la cabeza (o en el corazón) y lo que quedaba finalmente escrito. Luché contra esa dificultad a brazo partido, literalmente.

    Me encantan los emoticones y los emojis, ya lo saben, pero de no haberme visto forzado a buscar las palabras correctas, la estructura adecuada, a diseñar cada párrafo en función del resto del texto, todavía estaría empantanado en esa arena movediza que es al principio la escritura.

    Ahora, ¿no podría haber escrito todo ese texto a máquina? Tal vez, aunque probablemente me habría aburrido o no podría haber escrito tarde a la noche, como solía hacerlo. Hay algo más, que solemos olvidar: a nuestra especie le da placer hacer cosas a mano. Es un asunto de supervivencia. Los objetos fabricados en serie aparecen en los últimos milisegundos de nuestra historia.

    Casi medio siglo después, sigo llevando ese diario y sigo haciéndolo a mano. No sólo porque me da placer, no sólo porque escribir es algo del cuerpo, sino porque no hay Ctrl-Z, porque no hay posibilidad de editar y porque, lo confieso, confío más en el papel que en los bits. En otras palabras, el drama de que los chicos (y los no tan chicos) sean incapaces de sostener correctamente un lápiz está menos en los músculos que en la mente.

    La vida, los desafíos, las relaciones y las horas son un fenómeno secuencial que no permite enmiendas. El asunto no es que no puedan usar un lápiz, sino que no puedan usar sus mentes fuera del corralito digital. El texto online tiene características interesantísimas y, a mi juicio, está perfecto así como está: telegráfico, con emoticones y frecuentemente agramatical . El problema es que el otro texto, el complejo, sigue teniendo vigencia. Escribir es una forma de pensar.

    Si eso no fuera así, entonces no hay noticia. Los chicos encuentran dificultades para escribir a mano de la misma manera que se verían en figurillas para diferenciar entre los hongos comestibles y los tóxicos. En tal caso, olvidémonos de enseñarles a usar el lápiz.

    Los primeros palotes

    En serio, ¿por qué no dejamos de hacerlo? Más aún: ¿por qué insistimos tanto con que los chicos tienen que leer libros?

    Entre el lápiz y la universidad parece haber un abismo, pero es al revés. Los une un vínculo invisible, pero por ahora inquebrantable. Conozco una mamá que le dedica un tiempo cada semana a que sus pequeños lean. Cuando me enteré me pareció admirable. Aunque los chiquitos no lo saben, con esa actividad está preparando sus mentes para el día en que necesiten aprender algo en serio, cuando tengan que incorporar una trama complejísima de conceptos abstractos de forma profesional. Profesional significa que conocés algo hasta la médula, que no guarda secretos para vos, que no tocás de oído. Ese tipo de conocimientos sólo puede surgir de maestros, lectura y práctica. Ninguno de estos tres pilares puede faltar. Creo que estamos en un momento disruptivo también para el aprendizaje, pero el valor del texto, los buenos maestros y la práctica siguen siendo críticos.

    Hay excepciones, por cierto, como es el caso del zazén, pero incluso en el dojo se suelen leer los sutras. Todo eso que conocemos como multimedia ayuda, claro. Pero no existe modo alguno de transmitir información abstracta con un grado de detalle tan fino como el texto.

    Déficit peligroso


    Pero una cosa es leer y otra escribir. ¿Para qué sirve realmente que los chicos aprendan a escribir a mano? En realidad, en la pregunta se esconde una inversión de términos. A alguien que es capaz de escribir un texto más o menos organizado le da lo mismo hacerlo con el teclado o con una pluma de ganso. Si los chicos llegan sin las destrezas para sostener un lápiz, pero sus maestros les enseñan a construir textos extensos y profundos en la notebook, está todo bien.

    Claro que la escritura tiene mucho de memoria corporal, como bailar o poner los cambios del coche. Al final es una cuestión de tiempo y economía: se aprende a escribir más rápido y fácil usando las manos que un dispositivo en el que todas las letras se producen igual, apretando una tecla o tocando la pantalla. Insisto, la escritura es algo del cuerpo.

    Así que el lápiz, ese humilde y aparentemente obsoleto dispositivo del pasado remoto, es un vehículo único, extraordinario, todavía irreemplazable para conectar nuestro cuerpo con la letra. El resto es cuestión de práctica (con lápices o teclados), y en ese sentido tenemos un severo déficit. Pero le seguimos echando la culpa a la tecnología.


    Por: Ariel Torres
    Muy buena lectura...
    Tiene mucha razon.

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  10. #50
    Avatar de mcrisever NIVEL 88: Troll Hunter
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    Cita Iniciado por Mica 15 Ver mensaje
    Muy buena lectura...
    Tiene mucha razon.
    Ariel Torres es un genio!

    lo entrevistamos meses atrás aquí en foro y fue un placer contar con su presencia.

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