¿Qué tienen en común los smartphones y el campo abierto? Que se complementan a la perfección

¿Quién no sueña con mudarse al campo, lejos del asfalto y el ruido urbano? ¡Toda esa paz, ese sosiego, quién pudiera!

No tan rápido. Tráiganme a uno que declare "Ni loco, prefiero la ciudad, porque uno sólo puede amar lo que conoce", y les diré: "He ahí un hombre sabio". O, cuando menos, prudente.


Como he contado otras veces, me crié en el campo. Si hay algo que no diría de la naturaleza es que es pacífica, sosegada o de alguna otra manera menos brutal que una ciudad. Lo es de otro modo, cierto, pero el mito bucólico dura un fin de semana largo, máximo. Por eso, una cosa es pasar unos días en una casa de campo y otra muy diferente mudarse allí.

Diré dos cosas acerca de la naturaleza, y las diré muy en serio. La primera es que puede matarte o salvarte la vida; depende de cuánto la conozcas. La segunda, que nunca le vas a ganar. En su inconmensurable vanidad, la civilización humana cree que puede conquistar la naturaleza. Puede destruir su propio ecosistema e incluso tiene la capacidad de arrasar con el planeta entero, transformándolo en algo parecido a Marte o, si todo sale monstruosamente mal, a Venus. Pero la naturaleza es mucho más grande que nuestro mundo. Podemos destruir un planeta. Vaya logro.


De corazón, y con muchos años de experiencia, es mejor amigarse con la naturaleza, conocerla, entenderla, prestarle atención. La Tierra nos lleva 4600 millones de años de ventaja. Sabe lo que hace.

Alguien me preguntaba hace poco cómo había hecho para no tener hormigas negras en mi jardín. "No lo sé -le respondí-, pero estoy seguro de que esas dos montañitas tienen mucho que ver." Fuimos a verlas, raspé un poco el costado y una avalancha de hormigas rojas salió a reparar el daño. "No estoy completamente seguro, pero tengo entendido que las hormigas de diferentes especies compiten entre sí. Nunca erradiqué las hormigas rojas, y mis jardines siempre estuvieron libres de las negras, excepto alguna que otra de paso."


Mis declaraciones causaron una mezcla de escándalo y estupor en mi interlocutor. Quiso saber si pensaba dejar allí esos dos enojosos hormigueros. Le dije que esos bichitos no sólo no hacían mal a nadie, sino que eran beneficiosos. Tal afirmación le sonó a locura completa. "Sin hormigas todo esto sería un basural, son grandes recicladoras del mundo -le expliqué-, y los hormigueros airean la tierra."

Pero siguió mirándome con la expresión de "¿Qué clase de loco admite hormigueros en su jardín", y las palabras "fumigar" e "insecticidas" sobrevolaron todo el tiempo la conversación. Creo que no se atrevió a pronunciarlas.

No, no uso venenos en mi jardín. "¿Contra las babosas tampoco?", me lanzó una amiga en una ocasión. "Tampoco -respondí-. Uso cáscara de huevo picada. Probalo." Hasta ahora no me ha mandado un WhatsApp notificándome de que no funcionó.

Hablaba con una colega aquí en el diario hace unos días sobre plantas venenosas. Se asombró al saber que las azaleas son tóxicas. Uno, que es grande, no anda masticando plantas. Pero niños y mascotas tienden a hacer estas y otras cosas. Hace muchos años, uno de mis perros pasó por una situación muy fea a causa de unas azaleas que, por ignorancia, había dejado en el piso. Aprendí la lección.

Todos amamos los árboles, pero no todos los árboles son iguales. Una anécdota servirá de ejemplo. Durante la instrucción del servicio militar, nuestro comedor estaba debajo de añosos eucaliptos. Veo algunas caras de horror por ahí. Exacto. Esos hermosos y benéficos árboles tienden a quebrarse. Un día, pocos segundos después de levantarnos de almorzar, una rama de varios cientos de kilos cayó con estruendo sobre las improvisadas mesas, destruyéndolas por completo. Unos instantes antes habría dejado al menos un par de muertos.

Algunos árboles, como los paraísos y los álamos, invaden silenciosamente, mediante sus muy agresivas raíces. Otros, como los ailantos, lo hacen mediante sus semillas. Donde crezca uno, pronto habrá docenas. Además, los ailantos (árboles del cielo o zumaques) son a prueba de casi todo y crecen muy rápido. Recuerdo haber visto, hace unos años, un retoño emergiendo triunfal de una grieta en la pequeña plazoleta de Finochietto y Montes de Oca, en el barrio de Constitución. Le guiñé un ojo y le dije: "¿Te vas a quedar con la plazoleta, no?" Así fue. En 2016 se había convertido en un árbol hecho y derecho. Una cosa más: la flor del ailanto hembra no perfuma de forma precisamente agradable.

Los ginkgos son de lo más hermoso que existe, y es grande la tentación de plantar uno para verlo muy pronto convertido en esa visión extática, sobre todo en otoño. Es más, son muy resistentes a la contaminación; técnicamente extinguidos, han encontrado su lugar en las ciudades, gracias a esta resistencia. Pero hay dos problemas. El primero, que crecen con una lentitud exasperante. Pueden tardar 30 años en alcanzar los 10 metros. El segundo, que sus frutos producen un olor muy desagradable; y es imposible saber de antemano si estamos plantando un ejemplar macho o hembra. La buena noticia, en todo caso, es que tardarán muchos años en fructificar. Si mi memoria no falla, en la Plaza de la Misericordia, en la Avenida Directorio, hay dos ginkgos adultos. En otoño el suelo se llena de sus frutos.

Es cuestión de observar. Si miran en cualquier ciudad, notarán que las especies de árboles son un puñado. Fresnos, tilos, tipas, falsos plátanos, paraísos y media docena más. No es austeridad. Son las especies que soportan la contaminación y las condiciones de luz urbanas, y que no constituyen un peligro. No siempre han acertado los paisajistas. Las viejas y altas tipas aplastan varios autos con cada tormenta fuerte en Buenos Aires, y al menos un paraíso se ha metido dentro de una casa.

Hablemos de aves. En las grandes ciudades nos conformamos con gorriones, palomas, algún zorzal y los recién llegados escuadrones de loros, parlanchines y presurosos. Benteveos, también, en los barrios más tranquilos.

En plena naturaleza las cosas son bastante diferentes. En marzo o abril, se había perdido la gatita de una vecina. Pequeñita, pero de espíritu aventurero, hacía un par de días que no se sabía nada de ella. Los primeros sospechosos fueron, obviamente, los caranchos. Es que un Caracara (tal su nombre científico) es impresionante. Pueden medir hasta 60 centímetros y su pico enorme inspira, con razón, la idea de que estas aves podrían fácilmente aniquilar animales pequeños.

Claro que podrían, pero tranquilicé a mi vecina. Los caranchos son carroñeros y oportunistas (de allí la triste asociación con los abogados inescrupulosos). Llegado el caso, van a cazar, pero sólo si la presa está malherida o es muy pequeña. "Cuánto pesa tu gata", le pregunté. Me dijo que unos 3 kilos. En ese caso, le garanticé, los caranchos no tenían nada que ver. Esa misma noche apareció la aventurera, sana y salva.

Una tarde caminaba con una amiga por su estancia en San Luis. Cortamos camino por unos yuyales en flor que llamaron mi atención. Los conocía de algún lado, pero no pude ubicar el cajoncito en mi memoria donde tenía ese dato. Así que le pregunté:

-Alicia, ¿qué es esta planta?

-Cicuta -me respondió, y retiré la mano que había estirado para arrancar una ramita y olerla.

Sí, la naturaleza puede matarte o salvarte la vida. En medio del bucólico ambiente rural el conocimiento realmente es poder. Diría que mucho más que en otros contextos.

Las nubes dicen cosas. El viento dice cosas. Cada palmo de terreno contiene terabytes de datos. Entender la naturaleza, conocer sus mensajes, sus costumbres y las interminables interrelaciones entre las especies enseña a adaptarse y encontrar, ahora sí, esa paz que unos busca en el campo. De otro modo vivís estresado. Pero poco importa si uno habita en una megalópolis como Buenos Aires. La naturaleza está en todas partes, todo el tiempo. Mejor tenerla de nuestro lado.

Aves

¿Y la tecnología? Ya llega. En una reunión que tuve hace poco me hicieron saber que existía una app para Android y iOS llamada Aves Argentinas. Se trata de una guía de campo extraordinaria que permite identificar especies de una forma rápida y sencilla. Hay 365 aves típicas de nuestro país y, por supuesto, además de fotos e información, se incluyen los cantos de cada especie, algo fundamental. Obra de la organización Aves Argentinas (que es miembro de Bird Life), la guía es una verdadera joya de las aplicaciones móviles. Si tenés chicos, es indispensable. Principalmente, porque es a esa edad en la que con mayor facilidad se incorpora el amor y el respeto por la naturaleza. Es gratis y sin avisos.


Nota completa

Ariel Torres

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