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La práctica hace al maestro

mcrisevermcrisever Yo, Robot - Nivel 6Publicaciones: 47,831Miembros, SuperUsuario

No existe un maquillaje más bondadoso que el paso del tiempo. Lo puso mejor que nadie Manrique. "A nuestro parecer -escribió-, cualquier tiempo pasado fue mejor". Recuerdo más la Venecia bellísima que el hedor de algunos de sus pasadizos estrechos. Está muy presente en mi memoria la Atenas del Partenón y no tanto la del taxista que en esa ciudad me robó 300 dólares. O la Roma del Castel Sant'Angelo y no la del motociclista que casi me atropelló y que, no satisfecho con esto, me soltó una ristra de insultos. Tuve que echar mano de todas mis neuronas para evitar una escaramuza y concluir la tarde de cipreses soleados en una comisaría.

Es que -vamos comprobando esto con los años- el tiempo todo lo cura. Bueno, no todo. Pero casi. Es uno de los muchos rasgos que hacen viable la combinación inverosímil de consciencia, cuerpo y finitud que hemos venido a ser en las vueltas impredecibles de le evolución.

Dejemos de lado la finitud; con ella, de un modo u otro, todos nos terminamos reconciliando. Hay otro enigma, que solemos pasar por alto, por ser tan silencioso y transparente. Me consta que el límite entre nuestra consciencia y nuestro cuerpo es imposible de trazar. Sobre todo porque es la consciencia la que establece los límites, y, de este modo, por este pecado original, todo está en la mente. Pero, a la vez, el estado de nuestra mente puede cambiar en un instante, con lo que también se altera la percepción que tenemos de nuestro cuerpo. O del mundo.

Un perfume nos lleva a un amor extinto, a días fastos o nefastos, al patio de la escuela primaria, a una calle cuyo nombre hemos olvidado, lo mismo que el motivo por el que estuvimos alguna vez allí (si acaso estuvimos realmente allí). Hacer ejercicio físico, solo eso, nos pone bien.

Las adicciones son, quizás, una de las burlas más tenebrosas de este cruce entre la mente y la carne. No porque podemos caer en tales prisiones químicas, porque al cobayo le ocurrirá lo mismo, sino porque seremos consciente de los barrotes, y, llegado el caso, de nuestra incapacidad de escapar. Si me permiten el laberinto, también seremos conscientes de que somos conscientes.

Como muchos, fui adicto al tabaco durante décadas. No me enorgullece, fue el resultado de una de esas estupideces que uno hace en la adolescencia, y nadie decía por entonces que la nicotina podía ser tan indomable. Solo logré deshacerme de esa estafa neurológica tras recluirme durante un fin de semana largo en una estancia a cien kilómetros de todo despacho de cigarrillos. Diez días después, todavía atormentado por la abstinencia, paseaba al mediodía por San Telmo cuando me llegó la apetecible fragancia de una parrilla dominguera. Pero mi primera reacción, instintiva, instantánea, fue: "No vas a fumar, punto." Exacto: para la mente, fumar y comer eran lo mismo. Ténganle paciencia al que intenta dejar el cigarrillo, porque para esa persona es como morirse de hambre. Pero resulta que no, no me estaba muriendo de hambre. Era una ilusión. De cuántas de estas ilusiones se alimenta nuestra visión del mundo. Nuestras supuestas necesidades. Nuestras decisiones. Lo que creemos saber. Si los espejos pudieran pensar, tal vez se harían las mismas preguntas.

Hay, de todo lo que podríamos conversar sobre la amalgama inextricable de lo humano, una condición que me sabe a sobrenatural. Es, creo, una de las formas en que Dios se hace presente. Me refiero a ese rasgo que nos hace decir que la práctica hace al maestro. Cualquiera sea nuestra actividad, la práctica es una danza entre la mente y el cuerpo, entre la consciencia y la carne. En ese ritual repetido miles de veces se van esfumando los límites y, para el maestro, mente y cuerpo dejan de ser dos entidades, aunque nunca lleguen a ser del todo una. Busquen en sus propias vidas y verán que todos somos maestros en algo. Por don y diligencia, claro, pero sobre todo por ese milagro lento al que llamamos práctica. O vida, también.



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